Di a luz a los 17 años y mis padres me lo quitaron; 21 años después, mi nuevo vecino se parecía muchísimo a mi hijo.

Me dije a mí mismo que me lo estaba imaginando. La gente ve lo que quiere ver.

Pero entonces sonrió y se acercó.

—Hola —dijo—. Soy Miles. Parece que somos vecinos.

Intercambiamos algunas palabras normales, pero apenas las escuché.

Entré de nuevo temblando.

Mi padre estaba en la cocina.

Le dije: “El nuevo vecino se parece a mí”.

Al principio no reaccionó. Luego sí lo hizo.

Demasiado rápido.

Demasiado bruscamente.

Y en ese momento… algo no me cuadraba.

Dos días después, supe por qué.

Ya había ido a la casa de al lado. Reconoció el apellido en un paquete: el mismo apellido de la pareja que había adoptado a mi hijo.

No lo había olvidado.

Acababa de enterrarlo.

Tres días después de que llegara el camión, Miles llamó a mi puerta.

—Preparé demasiado café —dijo—. ¿Quieres venir

Debería haber dicho que no.