Lo que descubrieron los médicos lo cambió todo.
Durante unos segundos después de que el médico hablara, no pude oír nada más.
Esa única frase, resonando en mi cabeza.
Hay algo dentro de ella.
Se me helaron las manos. Maya lloraba a mi lado, pero sentía como si la habitación se hubiera alejado mucho. Como si estuviera viendo cómo la vida de otra persona se desmoronaba.
—Por favor —dije con voz temblorosa—. Solo dime qué es.
El médico respiró hondo.
—Es una masa —dijo con cuidado—. En su abdomen.
La palabra me impactó más de lo que esperaba.
Una misa.
Ya lo había oído antes. En la televisión. En las historias de otras personas.
Nunca en el mío.
La verdad para la que no estaba preparado
Lo explicaron despacio, con suavidad, si es que las palabras suaves podían hacerlo más fácil.
Las tomografías mostraron un gran tumor que presionaba sus órganos. Por eso no podía comer. Por eso estaba mareada. Por eso tenía dolor.
No apareció de la noche a la mañana.
Había estado creciendo.
Mientras vivíamos nuestras vidas normales.
Mientras yo confiaba en que todo estaba bien.
Mientras mi hija intentaba ser valiente y soportar algo que ningún niño debería tener que soportar.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.