El dueño de la plantación entregó a su hija discapacitada al esclavo más fuerte... Nadie imaginaba lo que haría.

La hija, recluida durante años debido a su discapacidad, vivía en la sombra de su propio hogar, olvidada por todos. El padre, desesperado por deshacerse del problema, la entregó al esclavo más fuerte de la plantación, con la esperanza de que se convirtiera en una carga más. Pero aquel hombre vio en ella algo que nadie más veía: la voluntad de vivir, y decidió ayudarla a demostrarlo.

Para comprender cómo empezó todo, hay que remontarse al ingenio Santo Antônio en Recôncavo Baiano, en 1842. La propiedad se extendía por hectáreas de tierra roja y campos de caña de azúcar que parecían interminables. La Casa Grande, con sus paredes encaladas y amplias verandas, dominaba el paisaje como un gigante blanco, observando el trabajo incesante de los hombres y mujeres que hacían funcionar los engranajes de aquel imperio azucarero.

El coronel Francisco de Albuquerque Melo era el señor de esas tierras, un hombre de sesenta años. Una barba gris recortada con rigor, ojos que habían aprendido a no sentir compasión, porque la compasión no pagaba deudas ni mantenía el estatus. Tenía tres hijos: dos robustos varones que ya administraban parte del negocio, e Isabel.

Isabel tenía 23 años y nadie la había visto en casi 18. Nació con las piernas torcidas, huesos que no se formaron correctamente y músculos que no obedecían las órdenes del cerebro. A los 5 años, todavía intentaba caminar; se caía, se levantaba y volvía a caer. El coronel lo soportó durante un tiempo, hasta que su esposa, doña Mariana, enfermó de vergüenza.

Vergüenza por lo que dirían los vecinos. Vergüenza por llevar a la niña a misa y oír los murmullos. Vergüenza por haber engendrado algo imperfecto en una sociedad que exigía la perfección, sobre todo de quienes tenían nombre y posesiones. Así que Isabel fue encerrada, no en un calabozo, ni en un sótano, sino en una habitación al fondo de la Casa Grande, con una pequeña ventana que daba a la pared del fondo.

Una habitación cómoda, pero una prisión al fin y al cabo. Creció allí sola, visitada únicamente por una anciana criada que le traía comida tres veces al día y nunca hablaba. Isabel aprendió a leer por su cuenta, hojeando viejos libros que nadie más quería. Aprendió a coser, aprendió a calcular la hora por el movimiento del sol en la pared y aprendió, sobre todo, a ser invisible.